A fuego lento: las buscadoras que cocinan memoria y futuro en San Luis de la Paz
- Mujeres buscadoras
- Jan 11
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Updated: Jan 11
Cuando el viento frío de San Luis de la Paz entraba por la puerta del Centro Nuevo Comienzo, veinte buscadoras y buscadores encendieron las ollas como si abrieran un respiro. El humo del maíz, del garambullo y del pinole subió despacio, igual que la rutina que allí se suspendió: por unas horas dejaron la tierra removida, los campos, la burocracia, la espera.
Cocinaron seis recetas de atoles tradicionales con ingredientes endémicos del noreste guanajuatense, guiadas por mujeres cuidadoras que conocen los secretos del fuego como quien conoce los ritmos del corazón.
En Guanajuato, donde hay más de 5 mil 300 personas desaparecidas y 32 colectivos de búsqueda según la Comisión Estatal de Atención a Víctimas, cada uno de estos encuentros es una forma de sostener la vida en medio de una crisis humanitaria que se extiende por años.
Las buscadoras, madres, hermanas, hijas, cargan expedientes, palas, miedos, pero también cargan sus cuerpos: 73% vive con depresión, muchas enfrentan ansiedad, insomnio, pérdidas de memoria, cambios de peso, como documentan estudios recientes.
La búsqueda no solo transforma sus días; transforma su salud, su forma de mirar el mundo. Al menos una de cada cuatro ha sufrido accidentes en campo: caídas, lesiones, infecciones, hongos por humedad o calor extremo.
En medio de esa realidad, la cocinada fue un paréntesis para volver a calentar el cuerpo y la memoria.
Maíz blanco, zapote, garbanzo, garambullo. En cada uno había una historia más vieja que la violencia, más terca que la ausencia. Las manos que suelen rascar tierra para encontrar restos hoy batían masa, espumaban ollas, aprendían a medir el punto exacto en que un atole deja de ser agua y se vuelve alimento.
Y mientras el olor ocupaba el salón, también se abrieron otras memorias: las de la convivencia perdida, la de las cenas de diciembre cuando “todavía estábamos todos”.
Gisela Piñón, madre buscadora e integrante del colectivo Buscadoras Guanajuato, fue la primera en tomar la palabra. Lo hizo como quien respira hondo antes de hablar de lo que duele.
“Esta cocinada es para cuidarnos. Para recordarnos que también debemos desayunar”, dijo.
Contó que el proyecto se logró gracias al Fondo Ibercocinas y Fondo Semillas, que financiaron la iniciativa para fortalecer la seguridad alimentaria de mujeres que tienen jornadas de búsqueda tan largas que a veces pasan un día entero sin comer algo caliente.
La buscadora recordó también que su colectivo movió gestiones, habló con instituciones, insistió, pero hay batallas que no pueden librarse con el estómago vacío.
La realidad afuera es distinta: las autoridades no buscan, dicen las familias desde hace años. En un estado donde cada colectivo, como Hasta Encontrarte, Buscadoras Guanajuato, Proyecto de Búsqueda Vida y otros, surgió porque el gobierno dejó solos a quienes buscan, estos espacios de autocuidado aparecen como un recordatorio de que la resistencia no siempre se hace con marchas: a veces se sostiene con una cuchara.
Mientras removían las ollas, las mujeres intercambiaban secretos: la forma exacta de tostar el pinole, la cantidad justa de agua para que el maíz no se corte. Pequeños gestos que se vuelven herencia.
Algunas adolescentes del barrio, curiosas, se acercaron a mirar. Una de ellas preguntó cómo se limpiaba el garambullo para no teñirse las manos. Otra dijo que quería repetir la receta para su abuela.
“Para que esto no se pierda”, murmuró una señora. Y en ese gesto, en ese cruce entre generaciones, las buscadoras vieron también algo parecido a un futuro: un atole que puede sostener a alguien más adelante.
Cuando el último hervor anunció que estaba listo, las mujeres formaron un círculo. Una mezcla entre ceremonia, conversación y desahogo. En él contaron lo que significa llegar a fin de año sin las personas que buscan.
Contaron cómo diciembre aprieta el pecho: las sillas vacías, las fotos que vuelan, las mesas donde alguien falta.
“Este es el mes en que más consumíamos atoles”, dijo Gisela, y varias bajaron la mirada, como si ese recuerdo abriera un lugar que prefieren tocar sólo entre ellas.
El autocuidado, esa palabra que tantas veces parece un lujo, tomó forma en esa cocina: en la masa que se mezcla, en el vapor que sube, en el descanso del cuerpo que por fin no está marchando, reclamando, buscando. Porque en las mesas de trabajo con autoridades no hay espacio para esto; ahí hay expedientes, indiferencia, horas que se alargan hasta vaciar.
“El box lunch que nos dan no es saludable”, dijeron riendo, y por un momento se sintieron lejos de esa frialdad institucional que las sigue a donde van.
La búsqueda, dijeron algunas, se volvió su forma de vida. Su trabajo sin salario. Su manera diaria de enfrentar el miedo y la impunidad que Guanajuato ha normalizado. No lo eligieron. Pero aquí estaban: sosteniéndose unas a otras mientras el atole hervía.
El atole se sirvió en tazas de peltre. Las mujeres bebieron lento, como quien sostiene algo que quiere que dure. Afuera seguía el viento frío de noviembre, pero adentro la sala estaba tibia. Parecía otra cosa, otra escena dentro de la cotidianidad del dolor. Una tregua.
Y mientras recogían cucharas y ollas, una de ellas dijo: Ojalá que así, juntas, también podamos sostenernos el año que viene.
Las demás asintieron. Porque en ese fuego encendido, en esa mezcla de maíces viejos y memorias nuevas, había algo más que resistencia. Había comunidad. Había vida.
Texto escrito por Alfonsina Ávila. Fotografías de Mario Armas.
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