Las buscadoras que cocinan memoria y futuro en Guanajuato
- Mujeres buscadoras
- Jan 11
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Updated: Jan 11
La lumbre no sólo calienta. También cuida, recuerda, sostiene. En Guanajuato, donde la ausencia se volvió cotidiana y la búsqueda terminó por ocuparlo todo, son las mujeres quienes han sostenido el peso: madres, hermanas, hijas que salen al monte, revisan fosas, tocan puertas, cargan expedientes y, al mismo tiempo, sus propios cuerpos cansados.
Entre ollas, maíz y atoles de sabores antiguos, garambullo, zapote, pinole, garbanzo, atole blanco, las buscadoras rescatan algo más que recetas. Cocinan para no desaparecer ellas también.
Recuperan ingredientes nativos y saberes que vienen de antes de la violencia, de un tiempo en que el alimento también era cuidado. El recetario que nace de estos encuentros no sólo está escrito en español, también en chichimeca jonaz, como una forma de honrar la raíz y asegurar que la memoria no se pierda ni en la lengua ni en la mesa.
Volver al atole es también volver al cuerpo. Esta bebida tradicional de maíz, que acompañó generaciones enteras, no sólo reconforta: aporta energía, fibra y minerales como calcio y potasio, fortalece huesos y sistema cardiovascular, ofrece antioxidantes, sobre todo cuando se preparan con maíces coloridos, que ayudan a protegerse contra el envejecimiento y las enfermedades crónicas.
En un contexto donde la alimentación suele reducirse a lo rápido y procesado, cocinar atole es un gesto de salud y de dignidad.
Buscar cuesta. Cuesta dinero, fuerza, tiempo y vida. La mayoría de estas mujeres ha enfrentado la precariedad económica como una carga más de la búsqueda: trabajos perdidos, ingresos inestables, jornadas que se alargan sin horarios ni descansos. En ese desgaste constante, la cocina aparece como un paréntesis necesario. Un espacio para nutrirse, para volver a sentir el cuerpo, para recordar que también necesitan cuidarse.
En colaboración con Ibercocinas, el Fondo Semillas y un grupo de mujeres cuidadoras y buscadoras, se convirtió la cocina en refugio y en sistema de cuidados. Ahí, el fuego no apura; espera. El maíz se mueve lento, el atole espesa a su tiempo, como si enseñara otra forma de resistir.
Porque buscar no es sólo caminar el monte ni abrir la tierra. Buscar también es alimentarse, compartir, enseñarle a otra cómo no se corta el atole, cómo se cuida la lumbre para que no se apague. En cada cucharada hay una forma silenciosa de resistencia: la de seguir vivas, juntas, cuidándose entre ellas, mientras sostienen la esperanza de volver a encontrarlos.

Texto escrito por Alfonsina Ávila. Fotografías de Mario Armas.


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